El relator nos relata. Editorial publicada en el diario Perfil y Perfil.com 23.02.2013

El solo hecho de tener que escribir su nombre –“Marcelo Araujo”– abruma. Es como tener que aceptar frente al espejo de la tele un fracaso hondo, extendido, desolador: si ese tipo sigue ahí después de treinta años, en un medio del Estado, cobrando lo que cobra para hacer mal lo que hace y decir lo que dice, no te hagas más preguntas, no insistas, olvidate, esto no cambia más.
Pero no se trata de él. Aun cuando se le podría recordar la lista interminable de mamadas que hizo, gratis o pagadas, por ejemplo: la nota que firmó de apoyo a la dictadura en los 70, los “saludos” que le mandaba a Menem en los 90, cuando decía que brindaría con “champú” por su reelección, hasta las lamidas actuales, como “todo ser humano, por el simple hecho de nacer, tiene derecho a sus necesidades básicas: la alimentación, la salud, la vivienda, la educación”. ¿También a ver un partido de fútbol por televisión? Estupidizar a la gente para que no se despierte ha sido el método preferido de los populistas y demagogos”, escribió, tres meses antes de que lo contrataran para relatar partidos en Fútbol para todos

Pero no se trata de él. Es como suponer que hay algo para discutir alrededor de, por ejemplo, Aníbal Fernández o Guillermo Moreno. No es con ellos el asunto. No es personal. Donde dice “Aníbal Fernández”, podría leerse “Manzano”; donde dice “Araujo”, podría leerse “Mauro Viale”. No hay nada, ningún cargo que hacerles. Son lo que son.

Son nombres apenas, referencias simbólicas. Ellos nos “relatan”, nos explican, nos revelan, nos hacen ver y oír que la ilusión de progreso, de pensarnos mejores que la vida que llevamos en conjunto es, o ha sido hasta ahora, sólo eso, una ilusión.
Ellos están ahí, siguen ahí, y las cosas van como van. El resto no es silencio, es paja.

Alguien los pone y los sostiene. ¿Quién? ¿Por qué? ¿Para qué sirven? ¿Son años, son amistades, son relaciones, es cholulismo, es dinero que va y retorna, son negocios que se favorecen o es simplemente el constante girar de la licuadora del “movimiento”, que le saca jugo a todo –“menemismo”, “duhaldismo”, “kirchnerismo”, “cristinismo”– siempre que se compruebe “alcahuetismo” con el que esté de turno?

Hay algo, sí, que seguro no tienen: vergüenza de sí. Vergüenza, entendida como un conjunto de condiciones –honor, valor, nobleza, palabra–, las básicas, las que nos hacen personas. Pero hay que reconocerles el mérito de sobrellevarse y convivir con ellos mismos. Esas conciencias tan mal tratadas, si no son adormecidas con ficción o pastillas, o estimuladas con sucedáneos de efectos especiales, al fin del día deben pesar una enormidad.

Hay que estar ahí, ¿eh?, en esos cuerpos. Si a cualquiera le cuesta bancarse el recuerdo de algún fallo menor, una palabra inoportuna, una promesa no cumplida todavía, a un amigo o a un hijo, ni pensar en lo que debe ser soportar ser así.

En fin, para lo que importa, esos tipos son nada más que nombres, “Araujo”, “Fernández”, “Moreno”. Podrían ser otros, podrían ser más, “Boudou”, “De Vido”, “Julio Grondona”. Cualquiera, en dos minutos, hace su propia listita de canallas, miserables, traidores conocidos, famosos o no.
Pero de lo que se trata es de reparar en lo que nos toca y actuar en consecuencia.

De otro modo, la vida cotidiana seguirá repitiéndose así: llega el hombre cansado, necesitado de mirar alguna boludez, y de pronto pone un partido de fútbol en la tele, y ve lo que ve en el entretiempo y escucha lo que escucha decir al relator, y recuerda que ese tipo se llama “Marcelo Araujo”, y que hace más de treinta años que…

Y es ahí, en ese punto, en el que se ofende, se indigna, putea y se calla y se sienta, y se aguanta, y se deja estar, hasta que dentro de uno o dos partidos, o días, o semanas, escucha a “Aníbal Fernández”, a “Boudou”, a “Marcelo Araujo” a “Moreno”, y reacciona, y se ofende, se siente humillado por esos tipos, y se indigna, y putea, y se calla, y se sienta, y se aguanta, y se deja estar.
Y, de pronto, pasaron treinta año

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