No sea tan cruel. Nota de opinión publicada en el Diario Perfil 03-02-13

Este texto se escribe a mano, al resplandor de una vela. No hay luz. Los vecinos, los que pueden, los que no están impedidos por algún problema físico, se asoman, salen a respirar. Queda poca agua. Pero ya debe venir. Los cortes se van rotando para que la furia, cuando está a punto de estallar, se traslade a otro barrio. El ministro responsable, Julio De Vido, dijo hace un par de meses que no habría problemas en el verano. Y antes había mentido, y antes también.

Se sabe que mienten, ¿pero es necesario, además, ser cruel?
Cuando hay luz, a la hora en que se llega del trabajo, con este calor, después de viajar en esos trenes, de padecer en el subte, en el colectivo, a la hora de decir “basta por hoy”, a ver qué hay en la tele. A esa hora, cuando se trata de aliviar la bronca, el malestar, mirando nada, usted, señora, interrumpe la programación y decide hablar en cadena nacional para hacer anuncios entre aplausos que al fin acaban en desesperación y lágrimas.

Qué necesidad hay, señora, de abusar, de apretar donde ya duele, de recrearse en la suerte de ser impune y anunciar, como si fueran beneficios que concede “su graciosa majestad”, medidas que, al menos, tendrían que acompañarse a la vez con pedidos de perdón.

A la vista de todos ha saltado esta semana algo que era evidente, pero que no se había demostrado antes tan crudamente. Mire. Son dos gestos, dos fotos. En una está Dilma, consolando personalmente a los familiares de las víctimas del incendio en la disco de Rio Grande do Sul. En cuanto se enteró de la tragedia, la presidenta de Brasil abandonó de urgencia la cumbre de la que participaba en Chile y viajó, dijo, porque su pueblo necesitaba de ella.

¿Hace falta que le recuerde que en la otra, en las otras fotos de la memoria, en las de Cromañón, se nota su ausencia? Tampoco se la ve en ninguna de las fotos de la tragedia de Once. No hay registro de su paso allí adonde debería estar porque, aun cuando no le salga naturalmente, compadecerse es parte de la responsabilidad de su cargo. Donde sí hay fotos suyas, sonriente y con boinita negra, es en una manifestación por las calles de París. Y así, señora, le aseguro que, más allá de las medidas que toman, la lista de sufrimientos añadidos sin motivo aparente, por usted o sus ministros, sería extensa. Sólo en las últimas semanas ya tiene para contar. ¿Qué necesidad hay, señora, de presentar como una “buena” noticia –un mes antes de que lo cobren– el aumento a los jubilados?

Anunciar lo que es una obligación impuesta por la Corte Suprema como parte del “esfuerzo” que su gobierno hace, ya parece demasiado. Pero aclarar, a la vez, que ahora la jubilación mínima, la que cobra la mayoría, será de casi 2.200 pesos, como si eso fuera algo de verdad para celebrar, excede los límites. Y si, además, se ignora de forma deliberada que los jubilados no cobran el 82% móvil porque sus fondos se utilizan para otros fines y se evita explicar por qué el Estado no paga los juicios que ya tienen sentencia definitiva, eso, señora, es, como diría usted, too much.

¿Qué es lo que la lleva a perder de vista a las personas reales? ¿Qué efecto alucinógeno causa el poder? ¿Qué adicción? ¿No se bancan unas horas la abstinencia de aplauso y adulación?
El pasado 22 de enero, el día que los familiares y amigos de las víctimas de la tragedia de Once se reunieron –como hacen los 22 de cada mes– para recordarlos y reclamar a la vez el proceso a los responsables que faltan –entre ellos, el ministro Julio De Vido–, otro de sus ministros, Florencio Randazzo, mandó a repartir folletos en la misma estación, a la misma hora. El texto de los volantes decía: “Estamos cambiando el Sarmiento, confiá en nosotros”.

Diez años de “modelo”, 51 muertos sólo esa mañana, pero ahora sí, “confiá en nosotros”. ¿Qué es lo que los lleva a semejantes actos de crueldad? A justificar las clases de cocina, las murgas, los eventos, los asados en la ESMA, donde se torturó en “parrillas” y se asesinó a miles de personas. ¿Qué obligación,qué compromiso, qué pacto, puede obligarla a sonreír, saludar y tratar de “Gerardo” a un informante comprobado de la dictadura como fue Gerardo Martínez, el secretario general de la Uocra? ¿Cómo es que no alcanza a comprender lo que eso hiere y afecta a los familiares de las víctimas y a quienes padecieron la persecución y el exilio?

El próximo 22 de febrero, al cumplirse un año de la masacre, miles de personas van a acompañar a los familiares de las víctimas de Once con una Marcha del Silencio.
El silencio, en principio, suena mudo, apagado, menos cruel que el alarido, los gritos, las acusaciones lanzadas a viva voz, los reclamos, y hasta los insultos propios de las grandes manifestaciones. Pero miles de personas raspando la calle con sus pies, caminando sin decir una palabra, imponen su dolor.
Las primeras Madres de Plaza de Mayo, en los 70, cuando la policía las obligó a “circular”, comenzaron a caminar en silencio alrededor de la Pirámide. El pueblo de Catamarca, en los 90, recurrió a las marchas del silencio, con los padres de María Soledad Morales y la monja Martha Pelloni al frente. Cayó la dictadura en los 70, cayeron los Saadi en los 90, los ladrones, los asesinos fueron finalmente condenados.
Es cruel ese silencio, insoportable.
No hay aplauso, ni cantito que lo calle.

 

 

 
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s