La Señora de los ojos vendados. Editorial ¨ Locas Pasiones¨ AM 1110

A partir de este momento, como todos los miércoles a las 13horas, por la AM 1110,  “la oncediez”,  Radio de la ciudad, transmite la cadena nacional de emisores indignados.

Habla al país “el oyente solitario”

La noche se cierra sobre la plaza llamada Libertad, en el centro de Buenos Aires. Entre papeles de periódico, cartones de vino, botellas plásticas, retazos de tela, ropa sucia, unas sombras se mueven bajo los árboles, parecen acomodar bultos. El aire huele fuerte, a magnolia, a meo de gato, a mierda de perro. Nadie camina por los senderos de la plaza iluminada a ráfagas por las luces de los autos que doblan o pasan entre las cuatro calles, Lavalle, Tucumán, Libertad y Talcahuano. Los focos parecen recorrer el perímetro de una cárcel. Contra la fachada iluminada del Teatro Colón mirada desde la plaza, se recortan personas que se doblan entre los arbustos y se tumban, se acurrucan, caen, pesadas, como bolsas sobre un colchón contenedor.

Son restos humanos.

Sobrantes del día, del mes, del sistema, de la vida.

Nada de qué preocuparse, alguien se hará cargo de ellos. Un barrendero piadoso, la policía, una ambulancia, un camión recolector.

La plaza se llama Libertad y en el lado opuesto al del Teatro Colón, sobre la calle Talcahuano, se alza imponente en las sombras, el Palacio de los Tribunales de Justicia donde trabajan, deliberan y dictan sentencia, entre otros, los jueces de la Corte Suprema, el máximo, el último tribunal al que un ciudadano afectado en sus derechos puede recurrir, como apelación o como queja.

Justicia y Libertad, podría llamarse a la reunión y el encuentro del Palacio y la Plaza.

De camino hacia allí me detiene una mujer.

Mayor, el pelo revuelto y duro, envuelta en una sábana sucia de tierra  y deshilachada, que se sostiene la tela con las manos sobre el pecho como si vistiera una túnica griega o una capa real. Por el desgaste y los agujeros de la tela se ven partes de sus muslos desnudos. Sale de la noche, de los árboles, y me toca el hombro. Lleva, colocada, sin despegar los labios, una sonrisa apenas insinuada. Como si me dijera: “sé que te pasa, comprendo, hablemos”.

Y hablamos.

En la cabeza levemente echada hacia atrás, en el modo de alzar su brazo, en las piernas largas, los dedos finos, en el cuello, en los hombros, había un modo, un estilo, una forma digna de enfrentarse en silencio a la indudable desdicha que atravesaba quien sabe desde cuanto tiempo.

De poder mirarla a o los ojos seguramente habría comprendido de inmediato más de lo que era posible en esa primera impresión, intempestiva y nocturna.

Pero llevaba los ojos vendados.

No era precisamente un pañuelo atado detrás de la cabeza que le tapaba los ojos. Era algo más ligero, como una vincha ancha y floja que al caer desde la frente se detuvo en el hueso saliente de la nariz y le ocultara la mirada.

Al cabo de unos segundos comprendí, sin que mediara pedido o palabra alguna, que era una “oyente solitaria”. Una más. Cansada, o harta de escuchar y necesitada de hablar.

La noche se había extendido ya, cálida y serena.

Nos sentamos en un banco de la Plaza Libertad, de cara al Palacio de Justicia.

“Ahí vivía yo”, dijo, sin ver, como si se orientara por el rumor de las alas de alguna paloma furtiva que regresaba a su nido entre las columnas del  edificio..

La voz sonaba gastada, no ronca, débil, suspirada, al parecer sin aire suficiente para elevar el tono.

– ¿Ahí…vivía? – le pregunté –

– Sí –  dijo – con aire melancólico

– Parece muy grande para una mujer sola – comenté

– Si – agregó – demasiado poder, demasiada soledad

– Está bien ubicado el Palacio de Justicia, cerca de todo…

– Lejos de todos, cerca de algunos – me corrigió

– ¿No se enteran de lo que pasa afuera? – insistí

Giró la cabeza para mirarme como si de verdad pudiera verme a pesar de sus ojos vendados. De la nada, de entre los pliegues de la túnica, sacó unos volantes de papel, pequeños, cuadrados, en el que se veían fotos de mujeres en poses supuestamente eróticas. A simple vista cualquiera podría reconocerlos. Están pegados en las cabinas de teléfonos públicos, en los postes de alumbrado, en los contenedores de basura, en las paredes, los reparten a los hombres en las calles del centro. En esos papeles se leen nombres, “Karina”, “Jessica” y frases del tipo “estoy solita en mi departamento “o “te espero en mi vip”, ofrecen “masajes” y “momentos de placer”

– Sé de qué se trata -, le dije, al verlos

– ¿Qué es lo que sabe? – protestó -, usted no sabe nada

– Sé de qué va ese negocio,  – trate de aclarar.

– Usted no sabe nada, – insistió

– Cualquier hombre que camina por el centro de Buenos Aires sabe qué significa, se ofrecen “servicios sexuales”

– ¿ y qué más puede saber? – me preguntó

– Bueno, lo que todos imaginan

– Lo que todos imaginan, – repitió, con un tono burlón.

– Mire – agregó – usted que puede ver mire con sus propios ojos, mire y piense. Esta semana habrá escuchado el escándalo que se armó por el fallo de en Tucumán, que liberó a miembros de la red de prostitución a los que se acusaba de secuestrar a una chica llamada Marita Verón…

– Sí, pero… – dije, pero ella, con la voz más resuelta ya, como si la impulsara una súbita indignación, continuó…

– ¿Y… no le dice nada eso?, relacione los hechos, ? no se siente usted insultado por semejante hipocresía?

– Bueno, yo…- no me dejó terminar.

Ella ya no parecía escucharme, hablaba y me salpicaba con la espuma de las palabras que le hervían en la boca.

– …Sucede en Tucumán, en todas las provincias, en cualquier ciudad del país, y aquí, ante sus ojos. Esa red de prostíbulos está tendida todos los días, a toda hora, a diez cuadras a la redonda del Palacio de Justicia, del edificio central de la Policía Federal. Hacen su promoción, contratan gente para distribuir volantes, dan direcciones, teléfonos…

– Es verdad – añadí – como si reaccionara ante algo evidente que no había advertido hasta ese momento – pasa a la vista de todos, alrededor de la Casa Rosada, del Congreso…”

– No confunda, no mezcle las cosas – me interrumpió.

– ¿Qué cosas?

– La casa Rosada, el Congreso…

– Están también a diez cuadras, quince a la redonda, como el departamento central de Policía, el Palacio de Justicia…que usted señalaba…

– Pero no es lo mismo prostitución que corrupción…

– ¿No? – me sobresalté – ¿No es lo mismo? ¿Cómo sería entonces, los jueces y los policías se prostituyen porque son parte del negocio pero no se corrompen como los diputados, que demoraron más de un año el debate sobre la ley de Trata de mujeres aprobada en el Senado y ahora la van a aprobar de urgencia para calmar la bronca?

La señora de los ojos vendados giró la cabeza, como sorprendida.

– Bueno, bueno…veo, mejor dicho, escucho…escucho que sí, que es capaz de pensar por sí mismo…

Dudó y luego de unos segundos hizo un movimiento con la cabeza como si asintiera y coincidimos.

Hablamos entonces, casi al unísono, como si recitáramos una letanía, algo sabido, pero que necesitábamos recordarnos constantemente para no olvidar quienes somos o quienes fuimos, para no dejarnos anestesiar, ni adormecernos en la sucesión de muertes y crímenes que se vuelven noticieros repetidos en la tv, para no resignarnos a que así son las cosas y que nada es lo que podemos hacer.

Atrás, detrás de todos los delitos graves, de la injusticia, de la trata de personas, de los muertos por desnutrición o aplastados en la estación de Once, de los muertos en vida, sin educación ni trabajo, sin proyecto y sin futuro, atrás hay siempre responsables políticos, funcionarios, legisladores, jueces, policías, testaferros, corruptos hijos de puta que disponen de los fondos públicos como si fueran propios..

Después nos quedamos callados.

Sin decirnos más, los dos parecíamos admitir y reconocer que decir lo que nos pasaba, dejar salir la bronca, putear, era sólo un recurso de ocasión, sencillo, habitual, como para zafar del momento. La puteada es un trago fuerte, corto, bebido hasta el fondo, que consuela y reanima. Al fin, es lo que hacemos siempre. En los cafés, en casa, en el subte, en los trenes, esperando el bondi, en la calle, putear y ya está. Putear y seguir A pensar en otra cosa. En la familia, en llegar a casa, en que mañana será otro día, en las vacaciones.

Putear y ya está.

– ¿usted como lo resuelve? – me preguntó

–   Puteo por radio – le expliqué – es parte de mi trabajo

– ¿Por radio? ? Es una pena tener que llegar a eso…

– Si…pero a veces no queda otra para llamar la atención de los que tienen la responsabilidad de cambiar las cosas y hacerles saber lo que piensa la mayoría. Ya que no se los puede echar…putearlos… a ver si reaccionan y recuerdan quiénes son y porqué están ahí

– ¿ y cambian…? ¿Sabe si algunos han cambiado?

– Es difícil comprobarlo…pero sí, seguro, hay mucha gente valiosa, los jodidos son los menos pero con tal vez con más poder. De todos modos, es parte de mi trabajo también. Es un oficio raro el de periodista, a veces se tiene la sensación de que no sirve para nada, que muchos sólo lo ejercen para sí mismos, para su ego o para sus propios fines, pero otros tienen siempre la esperanza de que lo que hacen le sirve de algo a alguien o puede ayudar a construir una sociedad más libre, más justa.

– Ah…?es por eso que viene a hacer sus paseos nocturnos por acá? – me dijo

– ¿Por acá…?  – le pregunté

– Por la Plaza Libertad, frente al palacio de Justicia. Justicia y Libertad…

– No…no es que venga cada noche, hoy se dio, tal vez por todo lo que pasó esta semana con la Justicia, quizá me trajo mi inconsciente. Tal vez quería tratar de entender…

– ¿Y…en su oficio…alguna vez pudo comprobar que efectivamente sirve para algo?

– Sí…sí…cuando se ve denunciado en los medios el poder reacciona, actúa…No siempre para bien, a veces trata de ocultar aún más los hechos…Mire el caso del vicepresidente, Amado Boudou, el de los muertos en la estación de Once, el máximo responsable político, el ministro Julio de Vido aún sigue en su cargo…pero sí, como todos en su trabajo, alguna vez debemos haberle hecho bien o ayudado a alguien. ¿Y usted?

-¿Yo? – dijo

Parecía sorprendida por la pregunta. Como si ella no perteneciera al mundo real o no tuviera que dar o darse explicaciones.

– Supongo que sí, como decía usted, alguna vez habremos hecho justicia de verdad. Pero en mi caso la responsabilidad es mayor, por eso estoy aquí.

¿Aquí? ? donde? – le pregunté

– En la calle…?o no me ve? Le dije, yo vivía en ese Palacio y ahora estoy en situación de calle…

– ¿usted…pero…señora…quién es usted en realidad?

– LA Justicia. Soy LA justicia. ? No me reconoce? Porque cree que llevo los ojos vendados. ¿No me ve? Tal vez tenga dudas porque me falta la balanza que me identifica. Usted se preguntará donde está la balanza, la que sirve para pesar y equilibrar las cargas en conflicto. Bueno,  en estos tiempos es sencillo de explicar…Me la robaron. Una banda de jueces y abogados. Todos aquí en Tribunales saben quiénes son los jueces y los abogados que se dedican a descargar o cargar esa balanza según de quién se trate…

– Me sorprende…sabía que no había justicia, no que además se ejercía la injusticia.

-Es lo mismo – me explicó – a veces es peor que hagan justicia…?o no sabe de quiénes están llenas las cárceles?

– ¿Se refiere a los condenados?

– Me refiero a los pobres, esos son los condenados. Pobres que no pueden pagarse buenos abogados que a su vez puedan sobornar jueces o policías para que ignoren o cambien los expedientes. Este es un país donde todos los días se revela o se denuncia un caso de corrupción, desde hace más de veinte años que es así, pero… ?sabe cuántos funcionarios de cargos altos fueron efectivamente condenados y pagaron con la cárcel?

– No tengo el dato ahora…

– No hay dato, no hay número, no son más de cinco en total, incluyendo a María Julia Alsogaray y a Menem, que también estuvo detenido unos meses

– Pero están presos todos los responsables de la dictadura…

– ¿y qué hay con eso? ¿Con eso van a tapar los crímenes que se cometieron antes y después? No alcanza ? ?y las coimas del Banco Nación, y la leche adulterada, y Vicco, y Spadone, y Manzano que robaba para la corona, y Ricardo Jaime y Cirigliano y todos los responsables de los muertos en la estación de Once y Gerardo Martínez, el sindicalista que espiaba para la dictadura, y las estafas con los medicamentos y Boudou, ?usted cree que algún día lo va a ver condenado y preso a Boudou?

– En ese caso hay muchas evidencias, una opinión pública atenta, un proceso en marcha..

– No me joda…Ya voltearon al procurador, al juez, al fiscal de la causa…En vez de llevarlo a juicio parece que lo van a llevar a un lave rap.

– Bueno, bueno…pare ahí, ahora lo único que falta es que se ponga a putear…usted puede hacer algo más, puede cambiar las cosas, tiene poder, es La Justicia…si usted no escucha, si no hay a quien reclamar, ¿qué nos queda?

– Pero…digo yo, ¿no me ve? ¿Usted también tiene los ojos vendados ? ¿Es o se hace? Hablando de escuchar, escúcheme…?Por qué cree que estoy en situación de calle, soportando maltratos, violaciones a mis derechos, hablando sola como una loca?

– Insisto…no es lo mismo…usted tiene un poder capaz de…

– ?De qué?

– Si usted de verdad quisiera…

– ¿Qué?

– Si de verdad escuchara a los que no tienen voz…

– Ah, sí…?Y usted, que me exige tanto, usted escucha?

– Y cómo…Sepa que me llaman el “oyente solitario”

– !Qué bien, qué lindo, qué cómodo! Escucha y otra cosa…

– Es lo que hay, es lo que puedo…

– Linda frase esa que inventaron ahora…es lo que hay…y como es lo que hay, no hago nada para cambiar…Bueno, sepa usted que somos dos, yo también me siento una “oyente solitaria”

Nos callamos, como si tratáramos de escucharnos pensar. Pero ninguno de los dos dijo nada.

Al rato, largo, le dije

– Y si se saca la venda y mira…

– y si se la saca usted, y si ya que habla por radio le pide a todos los que lo escuchan que se saquen la venda y miren con sus propios ojos…

– Sin escuchar a los abogados…

– Claro, sin escuchar ni a los abogados ni a los fiscales…

– Sabe que hay una canción dedicada a usted que dice eso…

– ¿De verdad?

– Sí, es una vieja canción de María Elena Walsh…

– Ah, qué mujer… – ?…La que escribió “Él país jardín de infantes”, la de “El país de no me acuerdo…” Cuántos países que describió María Elena…cuántos países que siguen siendo iguales…

– Sí, es una pena no tenerla ahora…La canción es de los años ochenta, con letra de María Elena, se llama “Oración a la Justicia”. ?Quiere que le enseñe la letra y después la cantamos juntos?

– Si claro, es una noche ideal para cantar algo…

– Dice así…

“Señora de ojos vendados

que estás en los tribunales

sin ver a los abogados,

baja de tus pedestales.

Quítate la venda y mira

Cuánta mentira.

Actualiza la balanza

y arremete con la espada

que sin tus buenos oficios

no somos nada.

Lávanos de sangre y tinta

resucita al inocente

y haz que los muertos entierren

el expediente.

Espanta a las aves negras

y aniquila a los gusanos

y que a tus plantas los hombres

se den la mano.

Ilumina al juez dormido,

apacigua toda guerra

y hazte reina para siempre

de nuestra tierra.

Señora de ojos vendados,

con la espada y la balanza

a los justos humillados

no les robes la esperanza.

Dales la razón y llora

porque ya es hora.

Nos quedamos en silencio. Me eché hacia atrás en el banco de la Plaza y enseguida ella hizo lo mismo. Estiramos las piernas. Nos quedamos mirando las sombras negras bajo las arcadas del palacio de los tribunales.

– Pensar que si ellos quieren, esto cambia de verdad…-  dije

– No se trata de ellos – me aclaró – se trata de nosotros, de cada uno. Si uno cambia, todo cambia…?Cantamos la canción?

– Cantemos…señora de ojos vendados

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