Oyente Solitario- La Red es la Matrix. Editorial ¨Locas Pasiones¨AM 1110

A partir de este momento, como todos los miércoles a las 13hs, por Am “la once diez”, transmite la cadena nacional de emisores indignados.

Habla al país, “El oyente solitario”

Buenas tardes… ¿o no?

¿Tengo hoy un tono de voz más metálico?

?Y si no hablara “el oyente solitario” y sólo se trata de un hombre conectado a una máquina programada para hablar y pensar como un ser humano?.

¿Te inquieta eso? ¿Por qué?

¿No estamos acaso todos conectados a máquinas la mayor parte del día?

A celulares, a móviles, a tabletas, a pecés, a netbooks.

Por las dudas, para asegurarse de que te tienen y tendrán la gran máquina, como si se tratara de una droga de diseño, te regala la primera netbook en cuanto entrás al colegio primario. Para que la pruebes y ya nunca puedas dejarla…

Así es que no parece tan absurda la pregunta. ¿Y si lo que te está hablando ahora es un hombre conectado a una máquina?

¿Y si el que escucha o lee es también un hombre conectado a una máquina?

¿Y si lo que ocurre con y entre los hombres conectados a máquina fuera sólo una realidad virtual?

¿Y si, por ejemplo, Marcelo Araujo, el relator de fútbol para todos, fuera sólo un robot programado para ser alcahuete?

¿Porqué, no?

Si fue alcahuete con Menem y lo es ahora, todo indica que fue hecho para esa única función, la de acomodarse con quién sea para seguir cobrando los 50 mil dólares de entonces o los 100 mil de ahora.

¿Y, si, por ejemplo, lo mismo ocurriera con Víctor Hugo Morales o con Anibal Fernández, y con todos los tipos que parecen responder a un mismo programa, el de ser alcahuetes sin sentir vergüenza por lo que hacen ahora o dijeron en otro momento, cuando elogiaban a represores de la dictadura o se fugaban de sus responsabilidades en baúles de autos?

¿Y si todos ellos contribuyeran a tejer la red de mentiras del poder en la que estamos envueltos y en la que nos hacen creer que estamos vivos?

Si no pasó nada antes, si nada cambió y los que nada tenían nada tienen, y los que antes privatizaban ahora nacionalizan, y los que antes cobraban coimas ahora las siguen cobrando, y los corruptos de antes son los mismos de ahora, ¿porqué deberíamos creer que algo cambió antes, cambió ahora o cambiará en el futuro?

¿Y si viviéramos persiguiendo un ideal que no existe, una forma de vida más humana que las máquinas impiden, convirtiendo a algunos en idiotas y enchufando a otros a una ficción de realidad?

¿Y si son las máquinas las que nos agendan y nos dividen en períodos de tiempo, en sucesos porvenir, en 8N o 7D o Navidad, o vacaciones, o comienzo de clases, para hacernos creer que algo mejor nos espera y que todo será distinto si confiamos en ellas?

¿Y si todo lo que hacemos es vivir la ilusión de que estamos comunicados porque nos dejan enviar y recibir mensajes y conectarnos en red?

¿Y si todo lo que pensamos es sólo lo que nos dejan pensar?

¿Y si esa red en realidad fuera tejida por una gran máquina ordenadora para envolvernos en ella y mantenernos atados en nuestro sentimientos y controlados en nuestros movimientos?

¿Y si ese monstruo fuera en verdad La Matrix peronista de la que no logramos liberarnos?

¿Te acordás de la película?

Neo, el elegido para liberar a la humanidad, el personaje que interpretaba Keanu Reeves, descubre que el mundo en el que creía vivir no es más que una simulación virtual a la que se encuentra conectado mediante un cable enchufado en su cerebro. Los miles de millones de personas que viven (conectadas) a su alrededor, están siendo cultivadas del mismo modo para poder dar energía a las máquinas. Esta ilusión colectiva (o simulación interactiva) es conocida como Matrix (la matriz).

¿Y si vos fueras el elegido?

¿Al menos el elegido por vos para liberarte de vos mismo, de los mandatos, de lo que te imponen, de lo que te hicieron creer que te haría feliz y resulto qué no?

¿Y si fueras vos el elegido?

?Qué harías?

Mirate, ahora, estas en la red.

Un tipo cualquiera, sentado en un bar, en un colectivo, de camino a casa, sin otra cosa que hacer, abrumado por el tedio de la rutina cotidiana, un empleado del super, una cajera de banco, el cadete de la oficina, la señora de la casa, mientras se embadurna la cara con cremas o fantasea, en la cama, con otro hombre que no está allí, vos mismo, insomne, aguardando el amanecer de otro día del que podés saber cómo transcurrirá, minuto a minuto, uno al fin, un anónimo, ignorado, ser que se considera a sí mismo una persona, un humano, capaz de sentimientos, sensible al dolor y a las necesidades ajenas, ése que somos todos, se decide al fin y entra en las redes sociales, en los foros, en los mensajes por tuiter o en los muros de facebook, para descargar sobre otro, tan ignorado y cualquiera como él, o ella, un contenedor de insultos o de bronca que sorprende por el exceso de odio.

Hay información en las redes, claro que sí, noticias en directo, gol de tal, choque en la autopista, aumentos de luz y gas, declaraciones, promociones, felicitaciones, cumpleaños, mensajes solidarios, pero al final del día lo que desemboca en las cloacas de la comunicación virtual es también un alto porcentaje de mierda.

Si se ausculta el intercambio de mensajes, si se pone un estetoscopio ahí para escuchar en qué consiste esa famosa comunicación horizontal y qué nos estamos diciendo, es posible detectar el latido profundo del corazón de una sociedad y revelar su estado.

Por el nivel de furia se determina la edad y el tiempo del engaño sufrido.

Los intercambios amorosos indican el grado de inocencia y de ilusión de los jóvenes amantes.

Todos dan por hecho que el mensaje llega y esperan respuesta. Necesitan saber si llamaron la atención, si se enteraron todos los amigos, si conquistaron nuevos seguidores o, al menos, conformaron a los que ya tenían. La ansiedad obliga a consultar constantemente el móvil para comprobar si han sido escuchados y a la vez contestar de inmediato, provocando la aceleración hasta elevar el intercambio a un ritmo exasperado que fatalmente provoca el bajón del después, cuando ya no hay otra cosa qué decir porque el día termina.

La adicción no es al aparato móvil, el celular, la tableta o la pecé, sino a la necesidad de comprobar que de verdad existimos a los ojos y oídos de los otros y de que alguien nos tiene en cuenta. Así alimentamos la sensación de que estamos vivos, de que pertenecemos al tiempo que nos toca.

El desarrollo tecnológico impone una velocidad de carrera que nos supera y agota. El físico y la mente no dan para tanto y acumulamos en la maratón una fatiga profunda. Sin saber porque sobrellevamos un poso de angustia creciente en el que se ahogan los propósitos más nobles, de cambio o de superación.

En esas condiciones estamos construyendo una nueva sociedad que se complace más en negar que en afirmar, en destruir que en construir, en la satisfacción inmediata sin importar las consecuencias, que en la dedicación y el esfuerzo para la reparación de alguna convivencia más razonable y posible.

Si lograras verte desde cierta distancia, a determinada altura de vos mismo y del barrio o de la ciudad en la que andás, sólo contemplarte, sin juzgar nada de lo que hacés o pensás pero a la vez sin piedad ni compasión, como si observaras un experimento, un sujeto ajeno, extraño a vos, seguramente te resultarías incomprensible.

La primera pregunta que te harías y quizá la única, sería: porqué, si nos consideramos personas con ciertas condiciones, de instrucción, de valores aprendidos, hijos en general de buenos padres que se ocuparon, que hicieron lo posible, y nacimos acá, en una tierra que ofrece posibilidades a todos, si es así, si en definitiva nos creemos mejores que la vida que estamos llevando en conjunto, porqué es, entonces, que no logramos recrear una sociedad más armónica, más justa, más solidaria y en paz?

Nos enorgullecemos de los triunfadores individuales, de un resultado, de un triunfo parcial, pero no nos avergüenza ser un país que arruina constantemente los privilegios que le han sido concedidos, por naturaleza o por una coincidencia azarosa de oportunidades. Y hunde en su fracaso a la mayoría de su población.

Argentina es – somos en realidad, porque eso que llamamos Argentina somos nosotros –  una eterna promesa que parece condenada a no cumplirse.

Entre esa promesa de país que nos hacen y que se renueva en cada elección o tras cada fracaso repetido, y el horizonte cada vez más distante de la realización, se extiende el desierto de nuestras voces. Huelguistas, piqueteros, víctimas de la inseguridad, de la corrupción, maltratados, desocupados, subsidiados, pobres en estado miserable, excluidos, perseguidos por pensar, por opinar, somos todos, la mayoría, habitantes de un terreno extendido en nos donde no ha crecido más que la intolerancia.

Podemos gritar. Porqué no? Todos tenemos una lista de acusados y responsables. Desde un miserable consumado como Aníbal Fernández, hasta un sospechoso como Boudou, o un cómplice de la dictadura como Gerardo Martínez. Una lista que podría ampliarse a delitos más graves o menores como el de Marcelo Araujo, el relator de fútbol que en los noventa aprovechaba para inducir el voto a Carlos Menem en medio de un partido de fútbol y hoy utiliza el mismo recurso para dejar constancia de que es un alcahuete al servicio de quien paga.

Todos podemos gritar y ser feroces en la persecución de esos tipos y más, si pensamos en los que mataron 51 personas en la estacion de Once o 194 pibes en Cromagnon, y en todos los muertos en vida que causan los que cobran de la guita de la gente pero roban para ellos mismos.

Y llegamos así a las redes, escribimos en los muros lo que antes se pintaba en las paredes. Y las redes se babean al instante entre quienes coinciden y se revuelven a su vez en el rencor estimulado por quienes sienten que todo modelo tiene efectos colaterales no deseados. Se espuma la rabia, hieren los puntazos y los argumentos se desangran en una batalla donde todos mueren.

Todos, fanáticos o no de alguna causa, morimos en el silencio de ese desierto, gritando nuestras inútiles verdades.

Y sobre nosotros, sobre lo que queda de lo que no logramos ser, sobre nuestros restos, sobrevuela siempre la risa de los verdaderos buitres, de los que asesinaron en los setenta, de los que provocaron los saqueos en los ochenta, de los que liquidaron todo en los noventa, y de los que regresaron desde el sur, disfrazados de palomas mensajeras y millonarias en el dos mil.

Todos sabemos todo de todo.

Y caemos en la red.

Donde todo queda dicho.

Donde cada día somos capaces de gritar y de insultar de un modo más salvaje.

En la red, sin poner el cuerpo ni la cara, se nos permite ser irónicos, cínicos, metafóricos, geniales, irónicos, y si no nos da para tanto, podemos citar o elegir frases ajenas con las que compartimos en algo una inteligencia ajena.

Una vez evacuada esa mierda, liberado el intestino, nos sentimos mejor.

Y nos vamos a dormir en red, apurando la noche para que la pesadilla no se vuelva insoportable.

Pero todos sabemos, en ese último segundo antes de que el cuerpo se libere del peso de su conciencia y se abandone a la nada, que la red es en realidad una tela de araña de la que no podremos despegar si no nos ponemos en acción.

Movete nos dice la conciencia. O al menos, soñá que te moves. Hacé algo. Gritar no alcanza, putear tampoco. Estás atrapado en la red. Caminá, andate, viajá, despegate de todos los enchufes, desconectá tu vida del sistema.

La red es La Matrix.

Y vos, si vos, al menos para vos

Vos podés ser el elegido

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