Una profesión indispensable para una sociedad democrática. Perfil 29-9-2013

Prólogo necesario. Treinta años de periodismo suponen unos 16 millones de minutos, de noticias, de títulos, nombres, fotografías, programas de radio o de TV, portales, análisis y comentarios confeccionados y retransmitidos por miles de profesionales. Revisarlos en un texto breve impone una selección brutal, casi salvaje. Pero, aún así, el sobrevuelo resulta útil. Revisar es recordar, recordar es traer al presente las miradas sobre nosotros, sobre lo que pasó, sobre lo que hicimos, todos.

El ciclo de la dictadura militar que se inició en 1976 se da formalmente por concluido el domingo 30 de octubre de 1983, día de las elecciones que consagraron a Raúl Alfonsín como presidente de la Nación.Los historiadores advierten que, en realidad, el fin de la dictadura comenzó a gestarse en junio de 1982, cuando la derrota en la guerra de las islas Malvinas acabó con el último y desesperado intento de los militares para mantenerse en el poder.

Pero desde el periodismo podría también situarse ese final en la entonces imperceptible raja, luego grieta, más tarde fisura y por último en el inmenso boquete que abrió en la represa de la censura militar la revista Humor en 1978, antes de que se disputara el Mundial de Fútbol.

Mensual al comienzo, quincenal después, en el número ocho de la revista ya estaba en la tapa, dibujado ante el tiburón insaciable de la inflación, el ministro de Economía de la dictadura, José Alfredo Martínez de Hoz.

Y en el número 15 se atrevieron con la caricatura de Videla.

La revista fue obligada en principio a una “exhibición limitada”, luego prohibieron una edición, pero ya no podían con ella ni con la creciente demanda y, en adelante, ya no podrían con nada.

En ese contexto, en el de los años previos a la recuperación democrática, junto a Andrés Cascioli, Tomás Sanz y toda la tira de dibujantes y redactores de Humor, debe también releerse a la inolvidable María Elena Walsh y su estremecedor País jardín de infantes, artículo escrito en 1979 para la sección Opinión del diario Clarín.

También es un deber rendir tributo al coraje de Robert Cox, el director del Buenos Aires Herald, a quienes las Madres de Plaza de Mayo dedicaron años después una solicitada pagada por ellas mismas con el título: A Roberto Cox, el periodista digno, el hombre íntegro.

El filo de Humor, que se presentaba como “la revista que supera apenas la mediocridad general”, cortaba el silencio mortal, desintegraba el autoritarismo, la soberbia y la locura militar, disolvía su poder, los desnudaba de uniformes y máscaras y los revelaba ladrones e inútiles.

El efecto del humor fue siempre demoledor para todo tipo de poder que se inviste absoluto e impune.

Ahora mismo, aunque en una escala mucho menor de riesgo, el sarcasmo de las columnas que escribe cada domingo Alejandro Borensztein en Clarín y las ironías con que se responde a los dichos del poder en el programa Periodismo para todos de Jorge Lanata son, en lo inmediato, políticamente más devastadoras que las denuncias documentadas de corrupción o mala gestión, causas siempre demoradas en procesos judiciales interminables.

La imagen de la represa que se resquebraja y se parte, es quizá la más indicada para representar simbólicamente lo que ocurrió.

La sociedad tenía sed de saber todo lo que encubrió la dictadura y que pasaba en el día a día.

Había que sacudirse el gris, el cuerpo, la lengua y, casi, aprender de nuevo el oficio.

La censura militar que reprimía el flujo y dejaba gotear sólo su versión de los hechos se pudrió en su propio embalse.

Hasta el final de la década del 80, el periodismo se desbordó en publicaciones, programas de radio y televisión.

En esos programas había de todo: cómplices de la dictadura, militantes de los partidos políticos en recuperación y profesionales que habían sobrevivido en la clandestinidad o que regresaban del exilio.

Medios y política

En el río revuelto se formaban sociedades como la que reunió a la feudal familia Saadi de Catamarca con ex Montoneros para sostener el diario La Voz, de la llamada “izquierda” peronista. A su vez, ex jefes de la organización guerrillera ERP, aportaban fondos acumulados en robos o secuestros extorsivos para bancar la salida y los pasivos económicos iniciales del diario Página/12, nacido entonces para “contrainformar” y revelar lo que el poder quería ocultar y subsidiado ahora con fondos públicos. El Partido Comunista edita Sur y fracasa. La Junta Coordinadora del radicalismo, que lideraba Enrique “Coti” Nosiglia, intenta también tener su propio diario para apoyar al gobierno de Raúl Alfonsín, electo en octubre de 1983, y desarrolló, con publicidad oficial y fondos públicos, la última etapa de Tiempo Argentino. Poco antes, en febrero de 1982, el llamado “desarrollismo” rompía su histórica alianza política y financiera con Clarín y sus representantes, entre ellos, Rogelio y Octavio Frigerio, Oscar Camilión y Antonio Salonia, años más tarde aliados al peronismo como ministros del gobierno de Carlos Menem. Clarín quedó entonces en manos de la viuda de Roberto Noble, su fundador, y de un gerente y militante que había llegado con el desarrollismo, Héctor Magnetto.

Las nuevas tecnologías y la televisión abierta, el llamado “destape” que se produjo durante los primeros años de la recuperada democracia, renovó los textos, los diseños, el lenguaje, se instalaba un “nuevo periodismo” y la libertad se expresaba en los escaparates de los quioscos, donde se exponían y vendían a la vez, en cantidades que hoy resultan increíbles, revistas culturales como Crisis y de contenidos esotéricos, sexuales y diversos como Libre, de actualidad como Gente, Siete Días, PERFIL y políticas como Somos, nacida en los 70 para apoyar a la dictadura.

Dante Caputo, canciller del gobierno de Raúl Alfonsín, financió también un semanario político, El Expreso, con el que esperaba apoyar su postulación como candidato a presidente, pero el proyecto fracasó a los pocos meses. A la vez, Bernardo Neustadt, otro apologista de la dictadura, seguía editando Extra y Jacobo Timerman, que había sido secuestrado y torturado, se hizo cargo de La Razón, tradicional vocero del Ejército, a pedido del gobierno radical.

Al amparo del prestigio social creciente que tenía el periodismo, los conversos se escondían en las redacciones. Informantes, cómplices y ex servicios de inteligencia de los militares y de los Montoneros o del ERP resurgían como “periodistas” y comenzaban ya a reescribir el pasado para instalar un “relato”. El vértigo de aquellos años impedía hacerse las preguntas básicas: ¿qué hiciste, dónde estabas? Se trataba de sumar todas las fuerzas a la investigación de la barbarie militar.

Las crónicas del juicio a las juntas de comandantes de la dictadura fueron trabajos urgentes y ejemplares. Una revista, cada semana, El Periodista de Buenos Aires, financiada por Andrés Cascioli con los beneficios de Humor, y el Diario del Juicio, publicado por la editorial PERFIL, son sólo dos de las cumbres éticas alcanzadas por el periodismo en estos treinta años. Durante la dictadura, PERFIL sufrió el secuestro de su director editorial, Jorge Fontevecchia, y ocho clausuras de sus productos. En la radio se destacaba Magdalena Ruiz Guiñazú, que había sido integrante de la Conadep.

Los más experimentados profesionales eran requeridos por los más jóvenes, sin importar la procedencia o las ideas políticas. Se formaron parejas emblemáticas. Mónica Gutiérrez era la cara más “alfonsinista” junto al “peronista” Carlos Campolongo en el noticiero central de la TV pública. Jorge Lanata convocó a Horacio Verbitsky, servicio de inteligencia de Montoneros, y al escritor Osvaldo Soriano, para ser columnistas en Página/12. El diario Crónica, dirigido por el mítico Héctor Ricardo García, vendía, con sus tres ediciones diarias, más ejemplares que Clarín. La Nación desplazaba a La Prensa entre los sectores de clase media y alta.

Menem, pizza y champagne

Los alzamientos “carapintadas” de la Semana Santa de 1987, el fracaso del Plan Austral, la hiperinflación y la llamada “renovación” del peronismo, en la que Carlos Menem se impuso a Antonio Cafiero, provocaron el final anticipado del gobierno de Raúl Alfonsín. El periodismo derramado comenzaba a ser negociado. Salían nuevos medios, pero la crisis económica golpeaba a la mayoría. Entre 1987 y 1991 cerró la cuarta parte de las fuentes de trabajo. La investigación del asesinato de la adolescente María Soledad Morales en Catamarca,  que convocó durante meses a los diarios y la televisión hasta el juicio y la condena de los responsables, le dio a los empresarios periodísticos la verdadera dimensión de su influencia. Tenían poder y comenzaron a ejercerlo.

A fines de 1989, Menem elimina el inciso “f” del artículo 45 de la Ley de Radiodifusión que impedía a los dueños de los medios gráficos participar de la propiedad de radios o canales de televisión y desencadena, seguramente sin prever las consecuencias, la formación de “grupos”, de “corpos”, de “holdings” en todo el país. Clarín legitima así la propiedad de radio Mitre y se queda con Canal 13. En el reparto, entre otros, la familia Vigil, dueños de editorial Atlántida, editora de la revista Gente, con el canal 11, ahora en manos de la española Telefónica.

Las sucesivas crisis económicas o financieras, los cambios tecnológicos que ampliaron la red de medios a cables, satélites y sitios virtuales, además de los pactos o acuerdos políticos de turno, determinaron luego pases de manos y de acciones en el control de los canales y emisoras de radio, hasta que a fines de 2007 otro presidente peronista, Néstor Kirchner, aprobó la fusión de Multicanal y Cablevisión y consolidó el monopolio de Clarín, el mayor grupo privado de medios del país.

El periodismo líquido, turbio de dictadura, que se fue aclarando en la transición democrática, se cristalizó en los noventa y se convirtió en el espejo de la sociedad. La política de venta de las empresas del Estado estimuló los negocios y las ambiciones, crecieron en calidad e información los diarios económicos, liderados por Ambito Financiero. El gobierno de Carlos Menem –reelecto en 1995– es, desde el comienzo y durante los dos períodos de su gestión, sospechado, acusado y denunciado por más de 200 hechos de corrupción. El diario Página/12 inaugura, en 1991, la serie con las “coimas” que le piden a la empresa Swift-Armour para aprobar sus proyectos de inversión. En revistas, es Noticias, un semanario de política y actualidad, la publicación que contribuye a revelar la descomposición del sistema. Mucho más modesta, en recursos y en lectores, La Maga, criticó también duramente, desde 1992,  la cultura de “pizza y champán” del menemismo.

Menem confiaba en un pacto, no escrito, según el cual facilitaba a los grandes medios la formación de grupos concentrados a cambio de apoyo a su gobierno. Pero ese supuesto “acuerdo” no alcanzó a las publicaciones más independientes o partidarias. Por su parte, muchos periodistas encuentran en los libros de investigación sus propias fuentes de trabajo, sin intermediarios. Los lectores, ávidos, insatisfechos, demandan la información en contexto y las relaciones empresarias y políticas

La tradición retomada por Rodolfo Walsh en los años sesenta, con Operación masacre y Quién mató a Rosendo, entre otros títulos memorables, recobra fuerza en los años noventa. El crecimiento del género es imparable. Una frase adjudicada al diputado peronista-menemista, José Luis Manzano, “robo para la corona”, dio el título a un libro de Horacio Verbitsky que alcanzó un registro histórico de ventas. La avalancha de libros de ensayo y de investigación firmados por periodistas abarcó a todas las actividades y personajes, desde las “biografías”, autorizadas o no, de artistas populares, hasta los ensayos y análisis sobre acontecimientos que aún estaban bajo investigación, como los atentados a la Embajada de Israel y a la AMIA, el contrabando de armas, los saqueos, la caída del gobierno de la Alianza y la crisis terminal del año 2001.

De la “ley mordaza” a la Ley de Medios

El periodismo comienza a verse también en el espejo de la corrupción de los años noventa y en la primera década del nuevo siglo. La expansión de los grupos multimedia en negocios que no tienen que ver con el periodismo, limita la independencia de sus profesionales o los hace participar en las llamadas “operaciones”, a veces sin que ni siquiera se enteren. Por su parte, la necesidad de mejorar su imagen ante el público y de relacionarse en buenos términos con los medios, lleva a las empresas a crear sus propios departamentos de prensa y a contratar agencias “consultoras”.

Los derechos del periodista raso se reducen. Los medios marginales, en ventas de ejemplares o en audiencia, se ven sometidos por las urgencias económicas. El poder político no soporta las críticas ni la investigación. En 1995, cuando es reelecto, Menem declara: “derroté a la oposición y a la prensa”. Trece años más tarde, otro presidente peronista, Néstor Kirchner, le iniciaba la guerra a una supuesta “corpo” de medios opositores liderada por Clarín, con los que había pactado hasta entonces.

En 1995, Rodolfo Barra, ministro de Justicia de Menem, preparó un proyecto de “ley mordaza” para castigar los supuestos “excesos” de la prensa. En 2008, Kirchner encubrió su ataque al grupo Clarín en un proyecto de Ley de medios que debía promover la “pluralidad de voces”, pero terminó en demandas por inconstitucionalidad ante la Corte Suprema de Justicia.

Los periodistas buscaron refugio en las empresas que seguían produciendo periodismo. La reaparición del periódico PERFIL resultó un oasis ante lo que parecía convertirse de nuevo en un desierto, esta vez de medios independientes. Desde sus comienzos, la editorial PERFIL soportó ataques, extorsiones políticas, judiciales y financieras, y también fracasos económicos. El asesinato de de uno de sus reporteros gráficos, José Luis Cabezas, fue el crimen que marcó la época.

Treinta años después, con el recuerdo de José Luis, sin olvidar los casi cien periodistas desaparecidos durante la dictadura, con otros tantos expulsados al exilio, con miles perseguidos, amenazados, obligados a mendigar pautas publicitarias oficiales para subsistir y pagar espacios de radio y televisión donde hacer escuchar sus voces, el oficio resiste y se ejerce hoy, dignamente, por todos los medios, los tradicionales y los nuevos.

En ellos, en los viejos y en los nuevos periodistas, perduran los valores de una profesión que sigue siendo indispensable para la construcción de una sociedad democrática. También, como se sabe, en los últimos años han aparecido “grupos” de medios que financian mercenarios y militantes con fondos públicos. Pero, para ellos no hay ni habrá memoria, sólo pena y olvido.

2016 – Nota publicada en Diario Perfil 15-9-2013

El tiempo ciega. Sucede a la velocidad de la luz y de los bits. Cuando abras los ojos será enero de 2016, año del Bicentenario de la Independencia. Si todo sigue como va, tendremos nuevo presidente de la Nación, nuevo gobernador de la provincia de Buenos Aires y nuevo jefe de Gobierno de la Ciudad, además de otros gobernadores, diputados y senadores. Un país a estrenar.

Sin embargo, la lengua política de la última ola del siglo veinte lame todavía las costas del veintiuno en su segunda década. El aliento a pescado podrido y la humedad de esa saliva se derrama en falsos relatos. Nombres de tipos que han hecho mucho daño escupiendo odio y violentando la convivencia –de López Rega a Firmenich, de Manzano a Kunkel, de Aníbal Fernández a De Vido y tantos más– se agotan en el intento de retrepar la cuesta de la cultura que viene y, afortunadamente, se los tragará la arena para siempre.

Adelantar o retrasar el tiempo es siempre un ejercicio que quiebra la relación con el presente y la parte en pedazos. Mirarse, en este caso, desde ese “otro siglo” que comienza tarde –aunque sólo sea un pestañeo lo que nos separa de esos años–, provoca cierto vértigo porque nos vemos a la vez, parafraseando la letra de un tango conocido, en “la vergüenza de haber sido y el dolor de lo que nos va a costar ser algo mejor”.

Puestos en modo “esperanza”, no está mal reparar, en el amanecer, que el día será largo, pero comenzará sin varios de esos tipos. Procesados y condenados, si fuera posible en algunos casos –Jaime, Schiavi, Cirigliano, Boudou, Báez–. No todos los que deberían, pero sí todos apartados, inútiles, despreciados. A cada paso, ante cada dificultad en la reconstrucción, hay que recordar que, al menos, ellos ya no estarán allí.

Criminales, corruptos, vividores del Estado y del dinero público, le han robado el tiempo y la vida a mucha gente, pero al fin alivia saber que ya nadie, nunca, los tendrá en cuenta por nada de lo que hagan o digan. Con ellos es probable que se olvide también una parte de nosotros, de lo que nos dividió y nos hizo enfrentar en peleas absurdas, confusas, casi callejeras, de dibujo animado, donde no se distinguen brazos ni piernas y el montón gira y los que estaban a la izquierda acaban a la derecha y al rato vuelven a girar.

Pero otra parte nuestra también queda en la memoria. Estaban ahí, estuvieron ahí –Videla, Galtieri, Martínez de Hoz, Menem, De la Rúa, Ruckauf, Duhalde, los Kirchner–, porque sectores mayoritarios de la sociedad apoyaron, callaron, temieron, fueron cómplices o consumieron: “Plata dulce”, “deme dos”, “uno a uno”. Menem heredó “la renovación” en los 80 y el kirchnerismo se sucede ahora en el “Frente Renovador”. Todo es, hasta ahora, una versión de “perolomismo”. La única novedad fue la gente en las calles, conectados por la red y por la indignación cuando se reveló la mentira, la corrupción, el robo a mansalva, sus consecuencias en pérdidas de vidas y, al fin, “la estafa ideológica”, como bien la define Tomás Abraham.

Vuelta ahora la mirada hacia el futuro, si después de estas luchas, de la incesante “guerra civil” encubierta que sostenemos desde hace casi un siglo, con un saldo de cientos de miles de muertos y de otros tantos muertos en vida, batallas salvajes que libramos para imponernos unos a otros supuestas verdades absolutas, atajos mágicos, probadas y fracasadas todas, si en una tregua, si en un alto el fuego, si en un “Congreso de Tucumán” como aquél de 1916, nos dieran la oportunidad, a cada uno, de recrear el momento tratando de responder a las preguntas íntimas desde el fondo de la conciencia, sin hacernos “trampas al solitario”, ¿qué decidiríamos?

¿De qué, de cuáles de nuestros fracasos, de nuestras creencias, de nuestras miserias, deberíamos independizarnos ahora para comenzar a disfrutar de la libertad de crear algo nuevo y mejor, de construir, de pensar por nosotros mismos?

Muertos en vida – Nota publicada en Perfil 7.09.2013

Si bien se mira, con los ojos propios, así parecen funcionar las cosas: como personas, como individuos, el motor que nos impulsa, nos activa y nos hace crecer tiene que ver con lo que, de un modo amplio y general, llamamos “vida”. Sin embargo, en conjunto, como grupo social diverso y multitudinario, obligados y necesitados como estamos de compartir un tiempo y un territorio, el motor que nos mueve y nos involucra es aquel al que, del mismo modo vasto y general, llamamos “muerte”.

“Es raro, ¿no?, es muy loco esto”, diría Lanata. Hay algo que no cierra entre lo que somos y lo que da como resultado la sociedad que integramos. Se advierte en las calles, en el maltrato, en la bronca, en la violencia creciente, en las casas enrejadas o alambradas, en las personas abandonadas a su suerte, en la mala calidad de los servicios que nos brindamos mutuamente.

A solas, cuando el ánimo decae, ahí está la vida dándonos fuerza o señales que nos estimulan. Un hijo, tal vez, que va a nacer o que nos mira y espera nuestra reacción. Un buen amigo, quizá, que nos ayuda a superar un mal paso, un error, y lo hace como puede, alentando, aun con insultos. De un modo o de otro, la amorosa vida se manifiesta y te recuerda que hay que salir y seguir porque, al fin de cuentas, no disponemos de tanto tiempo como para perderlo en lamentos.

Pero “me quiero morir” es en la relación con esos otros de nosotros cuando hasta el lenguaje se satura de muerte –“hay que matarlos a todos”, “se juega a matar o morir”– y nos hacer ver en el espejo. Cuando las consecuencias ya no se pueden reparar, reaccionamos. Salimos a la calle con banderas de “Justicia para…” y la foto, o las fotos de los muertos familiares o vecinos, del corazón o del barrio. Los reclamos y las denuncias se atienden al fin de urgencia, y en la emergencia, cuando se alcanza el límite de lo que podemos soportar.

Tiene que suceder una dictadura tras otra, hasta que se desemboca en la más feroz que se recuerde, para que valoremos al fin la democracia. Tiene que declararse una guerra como la de Malvinas y tienen que morir ahí cientos de jóvenes para que reaccionemos contra semejante locura.
Y así. Tiene que morir el soldado Carrasco en un remoto cuartel del sur para que se revele la brutalidad del servicio militar obligatorio y se decida eliminarlo. Tiene que morir una adolescente, María Soledad Morales, en Catamarca a manos de los llamados “hijos del poder” feudal de la provincia para que las marchas del silencio terminen con la dinastía de los Saadi. Tienen que morir casi 300 pibes en Cromañón para que se acabe, al menos por un tiempo, la corrupción entre inspectores, policías y “capos” de la noche.

Y así. Tienen que morir 52 personas en la estación de Once para que queden expuestos funcionarios y empresarios, en el robo, la mentira y la estafa con los subsidios. Tienen que producirse más de cien asesinatos en Rosario para que se comprenda la magnitud del narcotráfico que “toca” al poder. Tienen que desaparecer mujeres o aparecer violadas o muertas para que se investigue la trata de personas. Tienen que morir fanáticos y hay que vaciar los estadios de fútbol para controlar a “las barras”

Y así. ¿Puede una sociedad levantar la cabeza para ver qué hay más allá de lo que padece con tanta muerte pesando sobre los hombros? Es posible que las redes sociales, la nuevas formas de comunicación y de intercambio, más horizontales, más personales, sean una oportunidad única de iniciar el reemplazo de un motor por otro. El sistema cloacal donde circula tanto odio y tanta muerte puede ser bloqueado y, de a uno, de a pocos, es posible poner la palanca en reversa. Algún día tenemos que hacernos cargo de lo que nos toca y comenzar a demostrar que somos mejores personas de lo que creemos ser. Si uno cambia, todo cambia.

Si me das a elegir- Nota publicada en perfil 11.08.2013

Te dicen que en la vida hay que elegir. Pero a la vez te advierten que “ellos” ya eligieron. Quieren seguir, quedarse, a pesar de todo lo que sufren y lo que les cuesta. Es decir: “les cuesta” en no se sabe qué, porque en plata es mucha la que se llevaron y llevan.

La publicidad es para vender, no para decir la verdad. No van a hacer un aviso en el que te pidan elegir entre Báez y Boudou, o entre Pablo y Sergio Schocklender, o entre Jaime y Schiavi, sospechados todos de alta corrupción, o entre De Vido y Timerman, probadamente fracasados, o entre Moreno y Aníbal Fernández, dos vulgares inútiles, o entre gobernadores de feudos como Insfrán y Alperovich.

“Ellos” son el poder. Y el Poder es, en definitiva, el que maneja “las cajas” recaudadoras de impuestos, de sobreprecios, de coimas, el que reparte subsidios entre socios, adherentes y clientes, el que mantiene a miserables que se regalan, como el relator de fútbol Marcelo Araujo, el que pedía votar a Menem y ahora hace lo mismo para el candidato del patrón de turno.

El poder compra al que se vende. El fútbol, las barras, los derechos humanos, utiliza al Papa, encubre a servicios de inteligencia de la dictadura, como el secretario general de la Uocra, Gerardo Martínez, a responsables políticos de la muerte de pibes en los 70, como Horacio Verbitsky, y contrata mercenarios que escriben y propagan el “relato”, la versión de los hechos que leen y se creen y quieren hacen leer y creer a los demás.

Es así, desde Apold a López Rega, a Videla, a Menem, a De la Rúa, a Duhalde, a Néstor y a Cristina. Cuando mucho después de lo que hicieron se revela lo que entonces se ocultaba, “ellos”, los que eran el poder, ya se habrán muerto después de unos pocos años en la cárcel, como Videla, o estarán viejos, como Alberto Kohan, o seniles, como Menem. Los juzga y condena la historia, sí. ¿Y? ¿Qué consuelo es ése para los familiares de las miles, millones de víctimas de la corrupción y la incapacidad?
De memoria, cualquier ciudadano que lea los diarios podría hacer cálculos sencillos. El país recauda fortunas por las exportaciones de sus materias primas y tiene todavía, después de trienta años de democracia, al 40% de su población en condición de pobreza o de indigencia, trabajando en negro, bajo regímenes esclavos, sin servicios básicos, agua, energía, educación, salud.
Conclusión elemental 1: políticos, sindicalistas, milicos, empresarios “amigos” del poder, burocracias, mafias, aparatos, han robado a mansalva y debieron –deberían todavía–, ser juzgados por fraude, pero también por la responsabilidad que les cabe en la muerte directa o en la existencia vital arruinada de cientos de miles de personas que no han tenido nunca la oportunidad de nada.
Conclusión elemental 2: en treinta años de democracia no hay más de cinco funcionarios de alto nivel que hayan ido en cana un tiempo largo, incluyendo entre ellos a María Julia Alsogaray y Menem. Los delitos han sido muy graves, pero no hay responsables condenados por ellos. Todos los que todavía están en procesos, caso Báez, Jaime, Boudou, Schiavi, Milani y demás, poco a poco van zafando de sus causas.
Así es que, “si me das elegir”, como dice la letra de una canción popular, “me quedo contigo”. Puedo verte, en la calle, en el bondi, en el Sarmiento, en las marchas, entre los que no salen en la tele, o salen sí, cuando tienen la oportunidad de reclamar y gritar y pedir por sus hijos, como el padre de Paulina en Tucumán, o la mamá de Itatí en Misiones, y todas las madres del dolor. Puesto a optar por representantes, elegiré a los que todavía les creo y de los que tengo, al menos, la impresión de que han sido, hasta ahora, dignos, honestos.
Votar, elegir, es compartir un día la esperanza de que todos podemos ser mejores que la vida que estamos llevando. Pero ya aprendimos también que el futuro sigue dependiendo de lo que hacemos cada uno, cada día.

Las ideas no se atan- Nota publicada en Perfil 27.7.2013

Las ideas, encadenadas entre sí, acaban convirtiéndose en ideologías cerradas. El líder de moda rompe los huevos, amasa la doctrina que sus ayudantes bajan a consignas, rocían a gusto con un salero de palabras como “pueblo”, “patria”, “liberación”, hornean en grupo de fanáticos a fuego máximo y, entre banderas y gritos enfervorizados, se consume.

Al tiempo, el menú cae. La receta, para abaratar el costo de revisión, reemplaza carne de ideas frescas por sapos. Pero calma el hambre de “verdades” y la angustia de la incertidumbre.

Hitler, Stalin, Franco, Mussolini, Castro, Videla, Galtieri y todos los del Canal Gourmet de la historia se pensaron del lado de los “buenos”, que ofrecían en su momento soluciones prácticas y saludables. Montoneros, ERP, Firmenich, Gorriarán, Verbitsky fueron responsables políticos de justificar la muerte, de enemigos o de militantes propios, en una “contraofensiva”. Ellos, jefes, sobrevivieron en la cocina, se quedaron con el “relato” de la receta.

Ahora, algunos sin convicción admiten que estaban “equivocados”. Aun así, reivindican los ingredientes “ideales” de la “juventud maravillosa”. No lamentan la “equivocación”, la intoxicación de sapos que costó la vida a miles de pibes.

Los asesinatos más crueles, las torturas, las desapariciones masivas de personas, la corrupción que acabó matando también a miles de inocentes, los robos sostenidos de organizaciones mafiosas bajo el control de burocracias sindicales, todo, se ha hecho y se hace bajo una supuesta “ideología”. En nombre de “la revolución”, del “mercado”, del “Estado”, de “los derechos de los trabajadores”, del liberalismo, del socialismo, del peronismo, del menemismo, del kirchnerismo y de todas las versiones de lo mismo.

Ahora se ofrece “populismo” y “progresismo”. ¿Cómo podrían explicarle a alguien que tiene ideas propias el “progresismo” de los Kirchner, que primero votaron la privatización de YPF, se quedaron con 800 millones por eso y luego, ya presidentes, decidieron compartirla con la familia Eskenazi y con la española Repsol, y al fin la estatizaron nuevamente y ahora reparten con Chevron. El único “progreso” se advierte en sus cuentas bancarias y en las de los amigos del poder, empresarios y sindicalistas.

Si a eso, sólo por dar otro ejemplo, le sumás lo que se hizo con Aerolíneas Argentinas –privatizada, regalada, estatizada nuevamente al costo de perder, todavía hoy, 3 millones de dólares por día– ahí tenés, también, pérdidas en miles de viviendas, en educación, en transporte, en salud. Y en vidas perdidas por causas evitables. Y en vidas perdidas a la espera de lo que nunca llegó.

Está el video. El diputado Héctor Recalde dice a Roberto García en su programa La mirada: “Roberto, grabá este programa: el año que viene Aerolíneas va a dar ganancia y voy a venir a recordarte que te lo dije”. Eso fue hace cuatro años. Héctor es el padre de “Marianito” Recalde, presidente de Aerolíneas Argentinas, a la que administra con la “ideología nac y pop” de La Cámpora.

Ponele que fue otro “error” y que lo que iba a suceder en un año va a tardar diez. Pero, ¿cuántos son los muertos que deja cada “equivocación? ¿Quién paga por ellos? ¿Devuelven la plata? ¿Compensan con años de cárcel? ¿Se avergüenzan, al menos? ¿Renunció el diputado Recalde por esa “equivocación” o se presenta ahora nuevamente a elecciones para renovar su mandato?

Las contradicciones “ideológicas” no resisten la información que circula por las redes sociales, ni la ironía demoledora que las desnuda. La realidad siempre se observa desde algún lugar, sí, desde la edad, desde la experiencia o desde el tiempo que te toca, sí, pero siempre caminando y mirando con tus ojos. La ideología encubre, son las ideas las que descubren. Y las ideas no se atan.

*Periodista, coordinador de los medios públicos de la Ciudad.

Treinta años. Columna de opinión publicada en diario Perfil. 30.06.2013

Todos los que votaron por primera vez en octubre de 1983, después de ocho años y medio de dictadura, cuando vuelvan a votar una vez más, el próximo octubre, tendrán cincuenta, o más, años de edad. Entonces, Raúl Alfonsín, el líder del radicalismo, prometía investigar los crímenes de la dictadura. Italo Luder, la cara conservadora del peronismo, hablaba de la necesidad de la “reconciliación” nacional.

Alfonsín quería juicio y castigo. Luder quería legalizar la “autoamnistía” que se habían aprobado los militares para evitar ser juzgados. Se abrían locales partidarios, se redactaban programas, regresaban dirigentes, artistas, ciudadanos obligados al exilio exterior o interior, las ideas hervían en el fuego de la discusión. Había, ahí nomás, un país posible.

Y entonces, como dice una canción de Serrat, “llegaron ellos”. En este caso, “ellos” son los años.

Seis de radicalismo, veintidós de peronismo, dos más de Alianza entre peronistas y radicales. A las promesas las sucedieron los hechos, las decisiones, las relaciones de poder, lo que se podía, lo que no, la Semana Santa, el punto final, la obediencia debida, el Plan Austral. Era necesario estimular la esperanza, y a las promesas modestas las sucedieron entonces las promesas fantásticas.

Y llegaron más de “ellos”. Menem, los indultos, Cavallo, Manzano, “uno a uno” fuimos cayendo en la trampa. Y así, la Alianza, peronismo, radicalismo, Nilda Garré, Abal Medina, Débora Giorgi, Diana Conti, y otra vez Cavallo, y el corralito, y el 2001, y Duhalde, y Aníbal Fernández, y Kosteki y Santillán, y los Kirchner, y así, y hasta ahora, y Boudou, y Lorenzino, y Kunkel, y Aníbal Fernández, y Gerardo Martínez, y Lázaro Báez, y una cantidad de tipos y minas que se dedicaron después a reescribir su pasado para contarse la propia historia como un “relato” heroico del que fueron protagonistas.

Y mientras “ellos” pasaban, “nosotros” compramos y consumimos todas las versiones de la “revolución”: la del “imperio de la ley”, la “productiva”, la “ideológica” que nos vendieron  los mismos que aprobaron las privatizaciones y apoyaron después la estatización, vendimos mal y recompramos al doble y se pagó con desocupación y miseria todas las fiestas del consumo, la del “deme dos”, la del “uno a uno” y ahora la del subsidio. Todas terminaron con el malestar de una resaca insoportable y hubo que vomitarlas. Que se vayan en 1989. Que se vayan en 1999, que se vayan todos en 2001, que se vayan en 2013.

Podemos vernos ahora, hoy, dispuestos, obligados casi, a elegir nuevamente, a optar, ¿entre qué?

Tenemos más prejuicios sobre los candidatos  que información sobre programas o ideas. No los reconoceríamos en fotos ni podríamos siquiera deletrear el nombre completo de los frentes electorales que representan. Los que disponen de “cajas”, de dinero público o son financiados por intereses privados van a invertir fortunas en carteles, en avisos o en programas de radio o de TV por cable, previo pago “por otra ventanilla” a quien los entrevista.

Parece ser que la batalla es ahora por la Constitución. Para evitar que la reformen a gusto de los que mandan. Treinta años después, entonces, volvemos a recitar el preámbulo: “Nos los representantes”  –es decir, “nosotros, hoy, aquí, ahora”–, todo lo que queremos y seguimos esperando es “afianzar la justicia”, “constituir la unión nacional”, “consolidar la paz interior”, “proveer a la defensa común”, “promover el bienestar general”, “asegurar los beneficios de la libertad” para todos los “nosotros” que quieran habitar…

*Periodista, coordinador de AM 1110 – La Once Diez, FM 92.7 – La 2×4 y el Canal Ciudad Abierta, medios públicos de la Ciudad.

 

 

El sopapo- Columna publicada en perfil y perfil.com 1.06.2013

El olor a mierda cobra “espesor” y se condensa en la biblioteca. El filósofo llama a la muchacha y, sin mirarla, le ordena que limpie el baño: “Ya lo hice, señor”, contesta la muchacha, “pero el inodoro está tapado”. El filósofo le pide entonces que “tire la cadena” porque, a su juicio, “… de las letrinas amarillistas y de las gramáticas del golpismo histórico se despliega con virulencia insidiosa…”. La muchacha pone cara de “¡Oh, no! Otra vez”. Soporta el discurso hasta que el filósofo respira, y en esa pausa ella trata de explicarle: “Señor, después de la cadena el agua se pone más marrón, huele peor y se desborda”. El filósofo la mira, parece sorprendido: “¿Por?”, pregunta. La muchacha le advierte: “Señor, hay un Báez atravesado que desde hace tiempo tapa todo, y siguen cagando encima”.
El filósofo cierra los ojos y habla como si se dirigiera a alguien que no está allí: “De las cloacas del lenguaje se extraen los argumentos que, más allá de cualquier prueba, son presentados como la verdadera cara de un gobierno supuestamente atrapado en su propia red de venalidades y corrupciones…”.

“Como usted diga”, acepta la muchacha, harta de palabras, “pero mientras tanto va a tener que clausurar los baños donde le dejan los sobres, todo el sistema está tapado”. El filósofo reacciona, indignado: “Dígame: ¿qué pruebas tiene? ¿Usted lo vio al Báez?”. La muchacha contesta sin dudar: “Sí, claro, hace mucho que está ahí…”. El filósofo repregunta como un abogado defensor: “Ah, sí, ¿y cómo es? ¿Abstracto?”. La muchacha lo mira con cara de no entender. El filósofo sonríe, ganador, hasta que ella al fin contesta y describe con las manos: “Y… sí… mire, señor, el Báez es así de abstracto, gordo, se ve que es de alguien que comió bien, que se comió todo”.

El filósofo gira, le da la espalda a la muchacha y dice: “Hay un tono diario que tienen el hombre y la mujer de la calle para expresar, en un sistema sabido de signos rápidos, sus opiniones sobre la relación de los hechos colectivos con sus propias perspectivas vitales…”.

“Hoy está más boludo que nunca”, piensa la muchacha mientras sigue pasando el trapo de piso alrededor del inodoro. El filósofo calla. De pronto, se revuelve y en tono condescendiente pregunta: “¿Qué hacemos? El aliento fétido me está matando”. La muchacha parece no comprender: “¿Por qué no se lava los dientes?”. El filósofo señala el inodoro y aclara: “Me refiero al olor que sale de acá”. La muchacha es concreta: “Ah, me parece que si usted no mete la mano va a tener que llamar a otro”.
El filósofo retrocede, horrorizado, y grita: “¿Meter mano ahí, pero qué dice? ¿Se volvió loca? ¿Me quiere horadar? ¿Yo qué carajo tengo que ver con esto?”. La muchacha, con calma, le aclara: “Señor, este Báez no llegó solo acá, y encima hay un Boudou, un De Vido, un Gerardo Martínez, un Aníbal Fernández, que ya estaban de antes también, y cuando entren a sacar verá que hay algunos montoneros ocultos trenzados con los milicos… Usted se distrae con las palabritas, señor, ‘derecha’, ‘izquierda’, ‘menemismo’, ‘kirchnerismo’, pero acá los que la cagan son siempre los mismos”.

El filósofo no puede contener el pánico: “¿Y qué hacemos, qué hacemos? Yo pensé que…”. La muchacha sonríe: “Ay, señor, tan inteligente que es usted… Cómo se nota que no pisa la calle. ¿A que no sabe lo que es un sopapo?”. El filósofo la mira, desconcertado, balbucea: “Sí, sí que sé, cómo no voy a saber, eso que se usa para destapar los inodoros, pero… ¿ usted cree que dándole con eso alcanza?”.

La muchacha ríe, ahora a carcajadas: “No, no, le dije ‘sopapo’, no ‘sopapa’. Con un sopapo alcanza”. El filósofo la mira: “No entiendo”. La muchacha deja de reír y le explica: “¿No vienen ahora las elecciones? Bueno, entonces, usted ni bien aparecen esos que sabe que lo van a cagar, los saca a sopapos de acá. Y listo. De lo que queda me encargo yo. Hay que llamar a los muchachos del camión”. Con un resto de ánimo, el filósofo alcanza a decir: “¿Le parece… volver a Moyano?”. La muchacha se sorprende: “¿A qué Moyano? A los muchachos del camión, le digo, a los del camión atmosférico…”.

*Periodista, coordinador de medios públicos de la Ciudad.